viernes, 26 de agosto de 2011

Guibert


Muzil, en sus últimas semanas de vida, había querido, discretamente, sin rupturas, distanciarse de la persona a quien amaba, hasta el punto de tener el formidable reflejo, el acierto inconsciente de evitarle a esa persona todo riesgo de contagio en un momento en que casi todo en su propio ser, su esperma, su saliva, sus lágrimas, su sudor, se había vuelto –o al menos se creía entonces– extremadamente contagioso; esto me lo dijo recientemente Stéphane, quien se empeñó en que yo supiera –pero quizá sea mentira– que él mismo no era seropositivo, que había logrado escapar a ese peligro, cuando se había vanagloriado –poco después de haberme revelado la naturaleza de la enfermedad de Muzil, que él había ignorado hasta entonces– de haberse metido en el hospital en la cama del agonizante y de haberle calentado con su boca diferentes lugares del cuerpo, que era en aquel momento un verdadero veneno. Esa proeza de Muzil, yo no logré repetirla con Jules, o Jules no la logró conmigo, y ambos no lo logramos con Berthe, pero a veces tengo aún la esperanza de que sus hijos, o uno de ellos por lo menos, no haya sido o no hayan sido contaminados.


Al amigo que no me salvó la vida.  Hervé Guibert.